Colegio Santa Rosa en Huesca, España

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domingo, 19 de octubre de 2014

Educar en una sociedad consumista y violenta

“Nuestra sociedad la hemos formado con nuestra falta de espíritu; es como si nos la mereciésemos”. Charles Bukowski


Los papás de niños pequeños no lo tienen nada fácil. La sociedad en la que les está tocando vivir está enferma y todos sabemos que el entorno es muy importante en la educación. Es una sociedad en la que
la tecnología lo invade todo, aislando a los individuos e impidiéndoles una sana relación con los demás. Por su parte, los medios de comunicación son más fuertes que nunca y asumen papeles que no les corresponde, como el de educadores, investigadores o jueces. Es una sociedad violenta, consumistas, irreverente y con una escala de valores invertida, donde el tener ocupa un lugar preponderante en detrimento del ser.

Una de las características más sobresaliente es la violencia que nos rodea. Violencia que muchas veces tiene su origen en las familias, que se manifiesta en las escuelas y más adelante pasará a las calles o al trabajo. Violencia que otras veces se origina en el tráfico y consumo de drogas, y las luchas de poder entre bandas del crimen organizado impactan cada vez más en la sociedad civil, imponiéndoles la cultura de la muerte como un estilo de vida. Violencia de las guerras que los medios transmiten como si de una película se tratara, sin importar la crueldad de las imágenes ni la perturbación que provocan en los espectadores.

Violencia a través de la miseria y la muerte por enfermedades tercermundistas como el ébola, que sólo inquietan cuando llegan a países desarrollados. Las televisoras se pasean por sus ciudades grabando a los enfermos y muertos tirados en las calles, para luego transmitir los reportajes como una hazaña periodística y sin que dicha televisora haga nada por ayudarlos. Violencia en las noticias, en películas o en la publicidad. Violencia activa o pasiva en todas y cada una de las relaciones humanas.

Es como si las personas hubieran perdido su capacidad de diálogo y sólo se comunicaran a través de la agresión. Lógicamente es muy difícil que en un entorno tan violento se pueda enseñar a los niños a gestionar los conflictos de manera pacífica y es más difícil aún, porque no existen muchos referentes positivos a los que ellos puedan imitar. En este rubro los padres tienen mucho trabajo por hacer, empezando por su propia actuación que debe ser siempre ejemplar, evitando las conductas violentas dentro y fuera del hogar.

La otra característica sobresaliente de esta sociedad violenta y enferma es el consumismo y la superficialidad que conlleva. Los padres tienen que poner mucha atención al asunto porque es posible que lo estén fomentando sin pretenderlo. No tardarán en observar el vacío existencial que provocan en sus hijos al proporcionarles cosas que no necesitan y que tampoco valorarán por mucho tiempo. Los están condenando a vivir con la insatisfacción de un eterno deseo por lo que aún no poseen. Ese deseo de bienes innecesarios les proporcionará una seguridad temporal que después no sabrán cómo obtener de otra manera.

El complejo de culpa, el cansancio, el tiempo que se escatima a los hijos o simplemente un amor mal entendido hace que muchos padres traten de compensarlo con cosas y de esta manera ellos aprenden desde niños que las cosas pueden ser un premio si lo tienen o un castigo cuando no lo poseen. Cosas que acaban por aburrirlos y que abandonan casi de inmediato para pedir algo nuevo. Una conducta que aprenden y repetirán en el futuro. En realidad ningún bien material compensará las carencias afectivas y la falta de atención de sus padres.

Actividades como pasear con los hijos por un centro comercial atraen más que hacerlo por un parque y los expertos se han encargado de que así sea. Han diseñado ambientes seductores y vanguardistas con un clima fresco y olores agradables, con productos que parecen obras de arte, presentados impecablemente, siguiendo al pie de la letra los cánones del neuromarketing.

No es de extrañar entonces que, teniendo a su alcance tantos objetos atractivos, los hijos les pidan, con o sin berrinche, que les compren algo o que ellos mismos aprendan a comprar sin necesitarlo. Posteriormente también aprenderán a presumirlo en las redes sociales y de esta manera podrán darse una importancia que parecen no tener sin el producto o la marca de moda.

Cuando esos niños crezcan, ya tendrán asumido que valen en la medida en que se les da cosas y de la misma manera tratarán de comprar el amor de los demás como lo hicieron con ellos. Las relaciones afectivas futuras serán como una cosa más y les provocarán la misma insatisfacción porque serán igual de efímeras. Se convertirán en unos eternos insatisfechos que buscarán poseer cada vez más, hasta sentir finalmente un vacío que no podrá llenarse con nada.

La violencia y el consumismo no son los únicos elementos que actualmente interfieren con la educación de los hijos, sin embargo son los más notorios y la mejor forma de neutralizarlos será dedicarles más tiempo y atención y enseñarles la importancia del diálogo y la comunicación para que, a su vez, aprendan a escuchar y entender a los demás evitando con ellos conductas conflictivas y violentas. 

Ayudarles también a formar el criterio para que no puedan ser manipulados por los medios de comunicación. Sobre todo darles mucho amor en vez de cosas, para hacerles sentir que valen por sí mismos y que así, tal como son, se les quiere, que no es necesario comprarles nada para que ellos lo perciban. El amor siempre será el mejor antídoto y el regalo más valiosos.  Petra Llamas García


Publicado en La Jornada de Aguascalientes el 17 de octubre del 2014. petrallamasgarcia@hotmail.com. 
Twitter: @petrallamas

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