Colegio Santa Rosa en Huesca, España

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sábado, 20 de agosto de 2011

Los mammoni, solteros en casa de los padres


"Sólo podemos aspirar a dejar dos legados duraderos a nuestos hijos: uno, raíces, y el otro, alas" (Carter)

Los mammoni (hijos de la mamma) o bamboccioni (bebés grandes) son dos términos italianos que se aplican a los jóvenes de 25 hasta casi los 40 años, que se resisten a salir de la casa de sus padres y cuya conducta oscila entre la exigencia de un adolescente y las prerrogativas del adulto. Y, aunque esté utilizando un vocablo italiano, la realidad es que se trata de un fenómeno mundial. 

En otros países los términos para definirlos son el de “generación canguro”, “peter pan”, “nidícolas” (de nido), adultescentes, kidults, entre otros. Hay muchas parodias y películas que documentan esta situación, una de las más recientes es la de “Soltero en casa”.
Es difícil determinar el límite que marca la edad exacta en la que un individuo adquiere la personalidad adulta, pero se considera que de los 25 a los 60 se encuentra en esa etapa. Sin embargo, hoy día esta línea se ha vuelto todavía más imprecisa. El joven se niega a adoptar el papel de adulto, prolongando su juventud hasta bien entrados los 30´s o parte de los 40´s.

Según los tratados de psicología evolutiva, el adulto maduro controla adecuadamente su vida emocional, enfrenta los problemas con más objetividad, está en la etapa de mayor rendimiento en el trabajo, tiene independencia económica y asume responsabilidades como la de formar su propia familia. En cambio, el adulto inmaduro se caracteriza por una conducta contradictoria, reacciona con poca serenidad en sus emociones, le falta objetividad en la percepción de la realidad, le cuesta asumir responsabilidades y tiene poca tolerancia a la frustración.

Por otro lado, el ambiente es un factor determinante en la formación de la personalidad y ellos han sido criados por padres que no querían utilizar el mismo rigor y disciplina de antes. Les han dado mucho amor y pocos límites, teniendo mucho cuidado de no dañar su autoestima y seguridad.

A eso hay que agregarle el nuevo contexto en el que deben desempeñarse. Una sociedad competitiva, que les exige mucha preparación y grados académicos y que a cambio les ofrece un trabajo escaso, inseguro y mal remunerado. Las expectativas de estos jóvenes son muy altas y la realidad con la que se enfrentan no las cubre. El dinero, que es lo que proporciona una independencia real, no resulta suficiente para comprar o rentar una vivienda y entonces deciden quedarse a vivir con los padres.

Sin embargo es preciso diferenciar los que siguen viviendo con sus padres por necesidad, de los que, aún ganando bien, prefieren quedarse en el hogar familiar por comodidad, creyéndose y actuando como adolescentes. Empleando una buena parte de su sueldo en caprichos personales, coches, ropa o viajes

Sin hacerse cargo de los gastos de la casa, incapaces de involucrarse en relaciones excluyentes o de adquirir compromisos a largo plazo. Reclamando, eso sí, que los padres no se metan en su vida porque ya son adultos. Además, evitan tomar las decisiones y sufrir las equivocaciones que los harían madurar. Es muy parecido al egoísmo del niño que todo lo quiere sin que tenga la obligación de reciprocidad.


Existen muchos programas de TV en los que podemos observar adultos de más de 40 años, que visten, hablan y se comportan como adolescentes, con un enorme éxito de audiencia. Esta conducta juvenil será replicada por muchos espectadores, que ven en ellos un modelo a seguir. Su actuación es una respuesta a esta sociedad consumista que valora la belleza física por encima de todo y ésta, siempre se identifica con la juventud. No es casualidad que se promocionen toda clase de productos que la prolonguen.

Las relaciones sentimentales, de estos adultos que se niegan a serlo, también serán “sui géneris”. Debemos reconocer que es igualmente un fenómeno mundial el evitar el matrimonio, los hijos o cualquier compromiso que suponga asumir responsabilidades para las que no están preparados emocionalmente. Las parejas, que no serán exclusivas, ni duraderas, se relacionarán sin problemas, pero en el entendido de que al final del día, cada quien se irá para su casa.

Pero no sólo la sociedad ha influido en el retraso de su madurez, los padres tienen parte de culpa en este asunto. Hay que recordar que las familias latinas suelen ser gregarias por tradición y el hecho de que los hijos se vayan, es muy difícil de entender. 

Existe un gran temor al “nido vacío” y a encontrarse a solas con la pareja, sin saber si serán capaces de mantener la comunicación que tuvieron hace años. Además de todo, las relaciones con los hijos son mucho mejores que las que ellos tuvieron con sus padres, por eso aceptan con agrado que el hijo permanezca en casa y se deje cuidar, sin exigirle nada a cambio.


Que los hijos mayores de edad quieran vivir con sus padres, por comodidad o necesidad, no debiera ser preocupante, puesto que se establece una sociedad de mutuo acuerdo, en la que ambos tienen retribuciones afectivas. El problema empieza cuando en esa sociedad sólo hay derechos sin obligaciones para una de las partes, en este caso, los hijos, y con ello evitamos que madure su personalidad. 

Nunca es tarde para enseñarles el valor del compromiso y la responsabilidad, sin dejar de alentarlos para que se independicen cuanto antes y que no se alargue demasiado esa sociedad. Petra Llamas García


Publicado en La Jornada De Aguascalientes el 19 de agosto del 2011.petrallamasgarcia@hotmail.com. Twitter: @petrallamas

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